“Al correntino no le hagas una broma en la que quede mal Corrientes”

LUIS LANDRISCINA

El popular cuentista chaqueño fue entrevistado por Eduardo Ledesma en el ciclo  que puede disfrutarse por el canal de YouTube del periodista. De raíces italianas, pero hijo de esta tierra, Luigi repasa su vida en un ping-pong de preguntas que deja mucha tela por cortar.                        

Luis Landriscina, nombre artístico de Luigi Landriscina, quien se define como un narrador de usos y costumbres. Amado y respetado en todo el país, nacido en Chaco. Llegó a Cosquín en 1964, enojado porque en un programa de radio hablaron de todas las provincias menos de su Chaco. Desde entonces varias generaciones lo disfrutan a carcajadas. 

Eduardo Ledesma lo entrevistó en 2019 (se puede ver en YouTube) luego de su paso por la Fiesta Nacional del Chamamé. “Tengo algunas nanas, pero la ando cuerpeando para ver si subo al escenario”, dijo en ese entonces. En seis días cumplirá 85 años. Es el séptimo de ocho hermanos. “Pero había tres hermanas antes, así que no puedo ser lobizón”, narró, siempre de manera pausada y con ese tono de voz que lo caracteriza.  

“Al correntino no le hagas una broma en la que quede mal Corrientes”

Tenía 1 año y ocho meses cuando su madre, Filomena Cursi, muere en el parto de su hermano menor. Su padre, Luigi Landriscina, era albañil. Tras casarse, ambos emigran desde Italia a Argentina.

“He escrito versos con una base histórica, como con una señora a la que le entregué el diploma de finalización de estudios. Había terminado el plan de alfabetización. Me abraza, me besa y se pone a llorar. Lloro por dos cosas don Luis: nunca pensé que me iba a abrazar con usted y por lo que usted me está por dar que significa que ya puedo saber lo que dicen las cartas de mis nietos. Antes se lo tenía que dar a la señora del almacén para que me lea y me daba vergüenza, le pedía que me escribiera las cartas pero debía ser prudente con lo que tenía que decir.” 

—¿Quién es Luis Landriscina?

—Soy ese muchachito huérfano, que se encontró con el regazo de una señora (Margarita Martínez) que no era su mamá, pero pasó a ser su mamá. Abrazo y regazo de quien no era tu papá pero pasó a hacerlo (Santiago Rodríguez), entonces tuve ternura, respeto. Ellos respetaron mi inocencia, hasta los 9 años puse el agua y el pasto para los camellos a la espera de los Reyes Magos. Siempre hubo un beso para las buenas noches y los buenos días. Siempre decían: este es mi hijo.

Con mi hermano menor no conocimos a mamá y fui criados por mis padrinos. Soy hijo de italianos criado por españoles.

Agradezco la gratitud a mis padres adoptivos, me educaron y me mandaron a la escuela para que me instruya. Siempre lo aclaro: la educación es en tu casa a través de los ejemplos y la instrucción en la escuela, a través de la inteligencia, porque es traspaso de información.

—¿Fue a Cosquín porque quería que nombren a su pueblo por radio?

—A mi nombre, a mi pueblo y a mi provincia, porque escuchaba un programa que se llamaba el “Canto Cuenta su Historia”. Contaron de todas las provincias, menos de Chaco. Ahí me calenté y empecé a escribir.

—¿Qué es el Chaco para usted?

—Para mí, es una provincia con una conjunción de comunidades, las precolombinas y las que se fueron arrimando. Los primeros que se fueron arrimando fueron los de acá, algunos bajaron del Paraguay, otros subieron del Norte de Santa Fe, y muchos vinieron de Santiago del Estero. Los que ponían la mano de obra eran correntinos y santiagueños, al levantar las cosechas de algodón y a revolear el hacha.

En ese obraje de don Santiago Rodríguez, ahí empecé a conocer a los correntinos, ahí escuché la primera vez una verdulera y a un tipo con guitarra mal encordada, cantando. Después, en vitrolas de una churrasquería empecé a escuchar a los que ya grababan en Buenos Aires. En ese entonces eran Néstor Amarilla, Cocomarola y había otros más como Valenzuela (Mauricio). Y era con la vitrola a manija que yo escribí para Sadaic “La vitrola y el chamamé” y la hago responsable de que el chamamé no se haya muerto, porque en las radios no tenía lugar. Decían, con una irrespetuosidad y una discriminación bastante asombrosa, que era “música para sirvientas”.

—Eso duró bastante tiempo…

—Sí, y lo mismo para que no hablen en guaraní. En cambio, me entero por mi hermana mayor, porque yo las juntaba en casa para que me cuenten la historia de la familia, que mamá aprendió primero guaraní para hablar con los peones y después castellano. 

—Usted se define como “narrador de usos y costumbres”, ¿cuánto es el talento y cuánto más hay de estudio?

—El estudio viene con el conocimiento de los lugares. Mi escuela termina en el sexto grado, pero yo sostengo que cuando las maestras te alcanzan el alfabeto, te ponen el mundo a los pies. Depende de vos que lo leas o no. Yo sí he sido un gran averiguador. Una vez me dijo, cuando me estaba despidiendo, en una gira por la Patagonia, y les comento a los periodistas algo inherente a su región, que ellos no sabían. Y un periodista me dice: “Estamos cayendo en la cuenta, don Landriscina, que además de ser un gran humorista, usted es una persona culta”. Entonces le digo: “No se equivoque, yo soy un gran averiguador, que no es lo mismo. Y sí comparto lo que aprendo con la gente que no sabe lo que yo aprendí”.

—¿Qué es el humor popular?

—El humor popular empieza con el sobrenombre. Los primeros gestos son los sobrenombres, porque qué tenés que tener para poner un sobrenombre: poder de observación, poder de síntesis, y lo que yo antes decía sentido del humor, pero no es eso, porque el sentido del humor es reírse de uno mismo, es capacidad para la ocurrencia. Entonces vos ves a alguien y ese tipo, o por la manera de caminar, o por la manera de actuar, o por lo que hizo en política y vos ya le encontrás el agujero al mate. Ese primer gesto del humor popular para mí es la puesta de sobrenombres. Y sino, prueba al canto, en la escuela: “gordo cabeza de chancho”, “chueco pataecatre”, “cara con mango”, me decían a mí por el perfil griego este que tengo. Ahí vos ves ya en los chicos, y después en el Secundario si tenés van refinando las cosas y ya en Terciario vienen con metáforas los sobrenombres.

—¿Hay diferencia entre la picardía y el ingenio? ¿Cuál es?

—La picardía está en hacer uso de ella sin tentarte con la grosería. Y la otra picardía que tenés que tener es, sobre todo, la que yo descubrí cuando tenía dos o tres años de andar pisando fuerte en Buenos Aires, de que hay un desafío no confesado entre el que escucha y el que cuenta. El que escucha dice: “A que sé cómo termina el cuento”, y vos decís: “A que no”. Y es la única vez que el que pierde se alegra de haber perdido, porque lo sorprendiste. La picardía está en que él piense, por la manera en que estoy contando lo que estoy contando, que la liebre va a saltar acá, y la liebre salta aquí. Ahí, el tipo se sorprende y dice: “Pero mirá vos” y se alegra de haber perdido. (La picardía) Es el único desafío en el que el tipo se alegra si perdió.  

—¿Los argentinos qué seríamos? ¿Somos ocurrentes, tenemos sentido del humor?

—Yo te diría que somos muy ocurrentes. Sentido del humor tienen los santiagueños, un poco los tucumanos y los cordobeses. El resto somos bastante retobados. Incluso hay una anécdota en la que voy hablando y digo: “El correntino no tiene sentido del humor”. Vos le hacés una broma sobre Corrientes y ya te empieza a medir dónde te va a encajar la primera cachetada. Al correntino no le hagas una broma en la que quede mal Corrientes.

—¿Y eso es sentido de pertenencia o es orgullo?

—Suele confundirse mucho, sobre todo entre Resistencia y Corrientes, el localismo con la identidad. El localismo hace que uno exagere y lo muestre, la identidad está para adentro, el orgullo de ser de un lugar no se lo tirás en la cara al otro. 

El correntino tiene mucho del bilingüismo entre el patrón y la peonada, y eso muchas veces se confunde con la ignorancia. Pero en realidad arman la frase mezclando la gramática del guaraní y el que no sabe piensa que son brutos y en realidad son gente muy culta. Pasa con los vascos, que no usan el artículo y le erran entre el género. El gallego por ejemplo, no tiene la ge, para ellos es la jota, y así por ahí exageran y usan la jota para palabras que nosotros nombramos con ge (el jato por gato).

Hay que tener mucho cuidado al contar un chiste sobre los correntinos. Me contaron que cuando yo dije en un disco lo de que no tenían sentido del humor, un señor de Goya dijo: “Tiene razón Landriscina, nosotros no tenemos sentido del humor porque somos bastante machitos para reírnos de nosotros mismos”.

—Hace unos años anda viniendo seguido por acá, ¿cómo lo trata Corrientes?

—Muy bien y tengo amigos de fierro acá. Todos los de Santa Rosa, se hizo un grupo por un tema casual, estaba muy enfermo alguien y me pidieron que yo le leyera un verso que escribí cuando yo tenía un tumor maligno. Yo lo llamé y le dije que si seguía en la cama, la cosa no iba a caminar. Le dije: “No le digo mañana, pero deme tres días y yo le voy a mandar un remedio y usted lo va a tomar. Pero no deje la quimio y lo que está haciendo”. A los seis meses se compuso, le dijeron: “No hay más quimio, está curado usted”. Entonces me llama y me dice: “¿Tiene para comprarse una botella de champagne usted, don Luis? Cómprese una y esta noche, a las nueve y media más o menos, brinde a mi salud, porque ya la tengo. Yo también voy a tomar acá, y cuando vaya allá le voy a pagar la botella. Pero quiero que tomemos juntos, porque usted me hizo levantarme de la cama”. Y ahí se hizo una relación con los amigos de esa persona y conmigo que se hizo entrañable. 

—Recuerdo una vez que usted contaba una anécdota de un expresidente uruguayo…

—Lacalle, el papá del actual. Él había ganado y no había asumido todavía. Y su búnker estaba en el hotel en que yo iba a hacer una presentación de una empresa automotriz que era de Argentina y Uruguay. Y él se entera que yo estaba al micrófono y se hace invitar. Y me dice: “Bueno yo no le voy a dar la bienvenida porque eso ya se lo dio el pueblo uruguayo hace mucho tiempo. Lo llamé para decirle que soy el nuevo presidente, estoy a sus órdenes y le llamo para agradecer que usted haya armonizado mi viaje”. 

—La anécdota era sobre algo en que él y su hijo no se ponían de acuerdo…

—Sí, me dijo que su hijo detestaba la música que él escuchaba y él detestaba la de su hijo, pero había una sola cosa que les gustaba a los dos: Landriscina. Me traía seis casetes de Landriscina y llegábamos a Brasil sin problemas. 

¿Usted no se siente en el medio? Con sus comparaciones y anécdotas, como que se queda en el medio de la grieta.

¿Sabés quién me pide los chistes de salteños? Los salteños. Los que sé, me los contaron ellos mismos y eso es un signo de inteligencia, reírse de uno mismo es tener el cerebro abierto. 

—¿Qué cambió en los escenarios hasta hoy?  

—Fueron cambiando las cosas que tienen que ver con la tecnología. Antes tenían un solo micrófono para todos, ahora tienen para la guitarra, para el violín, para el contrabajo. Son cosas que mejoran mucho la presentación, el espectáculo. Imagínese que en el campo teníamos solo tres faroles para que nos alumbren a nosotros. Eso cambió mucho.

—¿Cuál cree que es el legado que usted le deja a la cultura popular de la Nación y a sus seres queridos?

—A mis seres queridos, la conducta. Yo nunca necesité de una cosa extra para que me nombren en la radio. Nunca necesité un escándalo, hace 58 años que estoy casado con la misma mujer que era mi novia en Villa Ángela. Cuando hago Arachichu y hablo de “la moza que va a pasar por la plaza y con sus ojos me dirá que me está amando como a nadie amó jamás”, es a mi mujer. Nada más que no lo podía decir porque entonces tenía 14 años y no podíamos decir que nos habíamos prometido para cuando yo volviera del servicio militar.

—¿Y a nosotros, a la cultura popular argentina?

—A los argentinos, un modo de contar que ha llevado a una anécdota a pintar las cosas. Estuve en la celebración de los 50 años de Nürburgring con el Torino. Se hizo en Alta Gracia, Córdoba, en la fortaleza de Berta. Y duró 84 horas la celebración. Cuando termina el periodista que presentaba el evento se pone delante mío y dice: “Y con esto se termina la celebración”. Y se da vuelta y me abraza y se me pone a llorar como un chico. Yo lo palmeaba y le digo: “Bueno ya está, tarea cumplida hermano”. Y me dice: “Disculpame, te tomé como si fueras mi papá. Si hubiera estado él acá lo hubiera abrazado fuerte y hubiera llorado como lloré con vos”. Y todavía en el escenario un señor me pasa un chico que me abraza como si yo fuera un abuelo que llegó de Italia y él no lo conocía. Y yo lo abracé como si fuera un nieto que me decía: “Usted no sabe, pero yo soy su nieto”. Lo abracé con la misma ternura. Y el hombre me dice que me iba a sacar una foto y me cuenta: “Sabe, ese chico lo eligió a usted”, y le digo: “¿Cómo?”, y me dice: “Él lo escucha en YouTube, en la internet, con una particularidad, apaga la luz para imaginarse lo que usted dibuja en el aire con palabras. Él quiere imaginarse como es”.

Y después me conmovió más todavía que la veo a la madre del que me subió al chico y lagrimeaba la señora. Y dice: “Estoy tan feliz, don Luis, que lo haya elegido a usted, porque hay tanta porquería en la televisión y en internet y yo sé que él, en sus cuentos no va a encontrar nada que lo lastime. De cualquier manera. Él le quiere hacer un pedido”. Me tenía abrazado fuerte el chico y me dice: “Le quería pedir que le cambie el final al cuento del pescado de patio, porque a mí me da tristeza que se muera el Pancho”.  

Y le dije, “déjame pensarlo”, y luego lo entramos a buscar por todos lados porque no le había pedido teléfono ni dirección ni nada. Pero ahí dije: “Vamos a llamar a Cadena 3 y a la media hora estaba con la abuela del chico. Y entonces le mandé un WhatsApp: “Juan Ignacio, yo te prometo que voy a tratar de cambiar el cuento, pero para vos nomás y tus primitos. Y le cambié y le pedí a mi director de la radio que le agregue la nueva parte como que yo lo sigo al cuento. Y así se lo mandé. Los diarios habían titulado esa vez que me encontré con él: “Landriscina le va a cambiar el final a un cuento por el pedido de un chico”. Y lo hice.

Usted no sabe la emoción del chico y la abuela. Ella me hablaba y lloraba. 

Es una anécdota que hace a lo que usted me preguntó: ¿qué le voy a dejar a la cultura? Le dejo lo que me dijo esa abuela: “Ahí no va a aprender nada que le agreda el oído”. 

—Usted se declara un administrador del don que Dios le dio…

—Exactamente, no hay escuela para graciosos. Si no es Dios el que te da una mano, quién lo hace. Y luego están las maestras, que le trasladaban a la maestra que viene los dones de Landriscina para que los estimule. 

(ellitoral)