Pobrezas e indigencias según el estrato de quien las denuncia

Estructuras de poder que afianzan relatos convenientes e invisibilizan un sistema no sustentable pero simpático.

Por Daniel Tirso Fiorotto

Taperas. Pobrezas y hacinamientos de hoy encuentran sus fuentes en destierros silenciados de ayer.MOREL. Milonga dura porque estoy harto de mishiadura, dice el gualeyo y apunta contra la avaricia.VELáZQUEZ. El artista entrerriano supo denunciar la pobreza extrema hace décadas, en soledad.

“Aquí, en esta tierra, donde viven, sufren y mueren los hombres monte, los hombres hacha, los hombres tristes, los hombres soledad, los repodridos de injusticias y jornales pobres; aquí, en esta tierra donde la esperanza amanece y muere en el mismo día, se levantan los ranchos humildes de los hacheros”.

¿Cuántos años tiene esta explosión de verdad hecha canto? ¿Quién podría decir que la pobreza en este país entrañable empezó hoy, ayer o anteayer, cuando el sistema actual que sostienen unos y otros, alternados en los gobiernos y en las corporaciones, fue impuesto a punta de fusil, liquidando familias humildes para entregar estancias a los ya poderosos? ¿Quién podría decir que la corrupción, que empobrece a los pueblos, empezó hoy, ayer o anteayer?PUBLICIDAD

Las palabras iniciales de esta columna eran recitadas en los escenarios hace décadas por los Hermanos Benítez Ríos de Sauce de Luna. Pertenecen al poema “Por la muerte de un hachero”, de Víctor Velázquez, y en verdad que los artistas no necesitaron leer números para conocer el estado de las cosas.

Muchos como los Velázquez y Benítez Ríos han denunciado el hambre, la pobreza, el destierro, las injusticias, la destrucción de la biodiversidad, por décadas. Pero el centralismo que padece la Argentina escucha y hace oídos sordos según los estratos de los denunciantes.

Europa había cometido todo tipo de genocidio y esclavismo en dos continentes por cuatro siglos pero se compadeció cuando, cebados afuera, sus ejércitos cometieron genocidio adentro de Europa, no ya con oscuros, sino con claros. Entonces, holocausto, ¿y antes?

Buenos Aires, heredera del despotismo europeo, ignoró las injusticias que gritaban los Velázquez, los Benítez Ríos y tantos. Consumado el destierro, hoy Buenos Aires grita sus pobrezas… Entonces vive de “reparación histórica en reparación histórica”. Escuchar al gobernador de Buenos Aires y al jefe de gobierno porteño decir que son territorios en desventaja da vergüenza ajena. Ya no saben qué inventar para seguir con la colonia por derecha y por izquierda.

MOREL. Milonga dura porque estoy harto de mishiadura, dice el gualeyo y apunta contra la avaricia.

MOREL. Milonga dura porque estoy harto de mishiadura, dice el gualeyo y apunta contra la avaricia.

Es un pañuelo

“Un buen amigo en la huella, señor del campo entrerriano”, dicen los versos de Velázquez en homenaje a Andrade, el hachero muerto que lo motivó. ¿No es ese el “campo”? ¿El señor del campo, no es Andrade, uno de los “repodridos de injusticias”?

Hace rato que “el campo” es pobreza, es desarraigo, es exclusión, es destierro; hace rato, y a su modo lo dice Claudio Martínez Paiva: “Tuito es desmonte, surco y caserío,/ nace un quebracho y el tirón lo arranca;/de miedo a que lo atajen los tapiales/ corre con jurias de asustao el río/ por el borde pelao de la barranca./ ¡Humo se hicieron ceibos y sauzales!/ De vez en cuando, cruza por el cielo/ silenciosa, lejana, como juida/ el ala de aire de una garza blanca,/ y vos te imaginás qu’ es un pañuelo/ que te dice un adiós de despedida”.

El poeta de Gualeguaychú se refería al cambio de una sociedad dedicada a los vacunos por otra orientada a los cultivos, pero ponía el acento en la destrucción del monte y pocas décadas después advertimos que la tala rasa no garantiza el arraigo. Tala rasa y destierro van de la mano en Entre Ríos: pobreza humana, en el empobrecimiento de la biodiversidad.

Pero “el campo” empezó a ser noticia cuando se apropió de ese sustantivo una clase social superior. Ignoraron a los campesinos por décadas, y ahora había que solidarizarse con las clases medias altas y altas que se atribuían la clase “campo”. Todo depende, pues, del estrato social de donde surgen las denuncias.

Descubriendo pobres

Los que hemos visto con nuestros ojos el mar de taperas del suelo entrerriano, taperas de los tiempos en que no se hablaba tanto de pobreza porque la pobreza estaba aquí y no en Buenos Aires; y los que seguimos las denuncias del despoblamiento durante todo el siglo XX, no nos asustamos de las estadísticas modernas que parecen descubrir lo que las mismas estadísticas se han ocupado en ocultar por décadas, por siglos.

¿Por qué las estadísticas no aceptan el índice de destierro? Muy sencillo: porque la reparación histórica debiera venir para Entre Ríos, y Buenos Aires no larga nunca la teta. Ni los políticos ni los catedráticos ni los partidos ni los sindicatos aceptarán hablar del colonialismo interno que padecemos.

Hoy, las jubiladas y los jubilados con la mínima son pobres. Un peón mal pago es pobre, su familia es pobre; una peona mal paga es pobre, y son pobres sus hijos. Esa peona y ese peón, precarizados y desocupados son más pobres aún; y desterrados, qué vamos a decir. Ni para pobres les alcanza, la indigencia los manda a otro mundo en el que sus conocimientos y oficios valen nada.

El poder colonial concentrado en Buenos Aires se ha hartado de saquear al país, luego de devastarlo con sus intrigas y guerras fratricidas. Hoy parece descubrir la pobreza. ¿Cómo explican que durante décadas la población de Entre Ríos creciera al cero por ciento mientras Buenos Aires crecía al 30 %, y no se hablaba de pobreza? ¿No era eso pobreza, indigencia, miseria, destierro? ¿Cómo calcularían la cantidad de muertos por desnutrición aquí, antes del destierro de los que quedaban, al tiempo del enriquecimiento de su poder portuario, aduanero, banquero, que continúa hoy, pleno siglo XXI?

VELáZQUEZ. El artista entrerriano supo denunciar la pobreza extrema hace décadas, en soledad.

VELáZQUEZ. El artista entrerriano supo denunciar la pobreza extrema hace décadas, en soledad.

Visión comunitaria

La periodista Silvia Stang, hija de entrerrianos, explicó la más reciente medición de pobreza hace dos meses: “un 64,1% de los menores de 18 años vive en hogares donde el dinero que ingresa no le alcanza a la familia para procurarse un conjunto básico de servicios y bienes materiales; es decir, son personas pobres por ingresos”.

Lo dijo bien, “pobres por ingresos”. La medición del Observatorio de la Deuda Social, de la Universidad Católica Argentina (UCA), es un estudio posible y algo significa, pero, en verdad, poco. ¿Quién dice quién es pobre y quién no es pobre? ¿Bajo qué parámetros nos medimos? ¿Agotaremos en la cantidad de dinero que ingresa a una comunidad las razones de la pobreza? Y si entrara dinero pero a costa de la biodiversidad (como ocurre), ¿llamaríamos a eso riqueza?

En otro informe, Silvia Stang reveló que según estudios adicionales de la UCA en el último año hubo por lo menos 2 millones de chicos y chicas en la Argentina que sufrieron hambre, es decir, que no pudieron calmar su apetito por falta de recursos.

Es sabido que un pequeño país como Bután no mide el producto bruto interno sino la felicidad bruta interior. He ahí un ejemplo de otro mundo posible. Bután, con la felicidad, y otros países del Abya yala (América) con el vivir bien y buen convivir, están cambiando el eje de los debates sociológicos y políticos. Budistas, guaraníes, quechuas, aymaras, zapatistas, están dando la nota en el mundo entero porque ponen el acento en otros valores, en valores sin medida, desde visiones distintas, no capitalistas, no modernas, no consumistas, es decir: no dependientes de las categorías eurocentradas, occidentales. Coinciden en una mirada integral del ser humano dentro del paisaje, en diálogo con el resto de la biodiversidad, a salvo de destierros y hacinamientos. Una mirada comunitaria.

La mirada moderna hace hincapié en el individuo y las comunidades tradicionales discuten esa cerrazón. La mirada occidental llama a las comunidades indígenas para ponerlas al servicio de una camiseta partidaria, para lo cual debe desnaturalizarlas de entrada; y las comunidades indígenas sobrevuelan esa mediocridad espantosa del individuo y el partido, y luchan por derechos fundamentales comunitarios, territoriales.

La cantidad no lo dice todo. Y por ahora no hemos visto, más allá de declamaciones de ocasión, que la política argentina, entrerriana, tome en cuenta otros parámetros. Los escucha como una nota de color, para el clásico “tiene razón, pero marche preso”. Una encuesta reciente realizada por organizaciones sociales demostró el distanciamiento progresivo de las familias entrerrianas de la producción cercana de alimentos, la pérdida de una red de conocimientos en paralelo al éxodo entrerriano, el amontonamiento aquí y el despoblamiento allá… ¿Cuentan esas pobrezas? En política no cuentan ni siquiera para los políticos de acá, colonizados, dependientes de los mandatos de la metrópolis.

Con qué comparar

Por otra parte, ¿con qué compararnos, para decir pobreza? Si el Estado estimula una sociedad con una economía sustentable quizá reciba 10; si promueve una sociedad en una economía con minería a cielo abierto, transgénicos, grandes banqueros manejando las finanzas y multinacionales atornilladas en el comercio, alto consumismo, quizá reciba 100 pero será cómplice de una rapíña sobre el resto de la naturaleza, y sobre las generaciones que vienen, con endeudamientos incluidos. Como ocurre claramente en la Argentina y en Entre Ríos, con ambos estados estrangulados por los créditos. Entonces, ¿aceptaremos el dinero que viene de la destrucción, para sentirnos menos “pobres”? ¿Acaso no vamos muchos a beber en las fuentes de los impuestos aplicados sobre actividades contaminantes, peligrosas para la vida, y aún a sabiendas pedimos más?

Una sociedad que degrada su suelo, que contamina su agua, que pone en riesgo la salud de los embriones, que colabora con arenas para la temida fractura hidráulica, ¿celebrará la pretendida disminución de la pobreza en base a impuestos y retenciones a una producción tan polémica? ¿No debiéramos llamar pobreza, en realidad, a esa riqueza que es ficticia y efímera?

¿Y acaso llamaremos “pobre” a una comunidad que se resiste a los anzuelos de la propaganda?

Por otra parte, los gobiernos que piden Estado fuerte, ¿lo hacen para contrarrestar la fuera del poder económico concentrador, y repartir un poco? ¿O lo hacen también para endiosar al Estado vertical y debilitar a las comunidades horizontales, con el consiguiente empobrecimiento real de nuestra condición? ¿Cuánta pobreza fabrican los que dicen combatirla?

El Estado Nación, ¿no ha sido casi siempre uniformador y racista? ¿Cuánto se empobrece una comunidad que entra en el régimen impuesto con el fin de alcanzar “riquezas” según los parámetros comprados por el sistema, en base a criterios coloniales sostenidos por un Estado colonial hasta la médula?

El Estado ¿a qué juega?

Estamos sabiendo por datos oficiales que seis de cada diez niños y jóvenes son pobres. Algunos aceptan el argumento de que, si no fuera por la presencia del Estado, la pobreza y la indigencia serían mayores aún (ya que sostuvo los Ingresos Familiares de Emergencia -IFE-, y el programa de Asistencia al Trabajo y la Producción -ATP- en momentos cruciales, aunque ahora los discontinuó sin que variara mucho la pobreza). Sin embargo, un par de preguntas puede poner en duda esa convicción. ¿No es el Estado el que permite que algunas personas acumulen un millón de hectáreas y otras no puedan comprar un lotecito de cinco por diez y vivan hacinadas, en agonía? ¿No es el Estado el que permite que mientras seis de cada diez niños son pobres haya jueces, legisladores y funcionarios que cobran montos equivalentes a más de treinta o cuarenta jubilaciones, sacados de la bolsa del propio Estado?

En el supuesto de que no hubiera Estado, con su ejército, su gendarmería, sus policías, sus políticos, cuidando las espaldas del capital, ¿las personas pobres de la Argentina (18 millones), permitirían que una sola persona como Benetton, o como Elzstain, acapare un millón de hectáreas? ¿Permitirían que un banquero amigo de los políticos maneje el dinero de todos, cuando el 64 % de los niños son pobres? ¿No es el Estado el que facilita los negocios y negociados? En resumen, el Estado uniformador, ¿libera u oprime? Hay que preguntarlo.

Desde la perspectiva neoliberal el Estado debe reducirse a su mínima expresión, para que resuelva el mercado: todo un mito. Otra corriente ha hecho una religión del Estado y se inventa un relato, muy distante de lo que está a la vista: la burocracia fofa y reaccionaria, oculta bajo la consigna y excusa de “no hacerle el juego a…”.

Sabemos de una tendencia a menospreciar el valor de la decencia en los dirigentes. El Estado como botín de mafiosos es una constante en muchos países, y el nuestro no es una excepción.

Estas críticas al Estado sirven para desmitificar su presunta benevolencia y también para colaborar con aquellos gobernantes que quizá tenían el propósito de introducir cambios necesarios en ese pelmazo, y al llegar al poder advirtieron que todo estaba demasiado atornillado, se sintieron sin fuerzas y se resignaron de entrada. Que es lo habitual. (No muy distinto de lo que les pasa a periodistas que llegan a medios masivos con bríos y se topan con estructuras forjadas por años, plagadas de miserias naturalizadas).

Taperas. Pobreza y hacinamientos de hoy encuentran sus fuentes en destierros silenciados de ayer.

Taperas. Pobreza y hacinamientos de hoy encuentran sus fuentes en destierros silenciados de ayer.

El consumismo

Salir de la pobreza, ¿equivale a entrar en el consumismo? ¿El consumismo es un signo de bienestar? ¿O es una manea? ¿Hasta cuándo seguirán auto engañándose los políticos y sindicalistas que, por un lado, hablan de ecología, y por otro presionan para traccionar la economía desde el consumo?

Hace décadas sugirió Víctor Lebow (y aceptaron los políticos y empresarios): “Nuestra economía enormemente productiva […] exige que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos nuestra satisfacción espiritual y del ego en el consumo […] necesitamos que las cosas se consuman, gasten, se reemplacen y desechen a una velocidad siempre mayor”.

El consumismo es un engaño mayúsculo, con sus bien aceitadas consignas de obsolescencia programada y obsolescencia percibida, jugando con las debilidades del hombre. Ni tiene relación alguna con la felicidad, ni es sustentable.

Si todos consumiéramos como lo hacen los países colonialistas ricos, la humanidad necesitaría varios planetas para sostenerse. Nadie sale de verdad de la pobreza mediante el consumismo. Puede auto engañarse, sí, como un señor que, para no pasar hambre, le saca del plato a sus hijos y nietos. El consumismo empobrece a la humanidad y destruye el hábitat, pero en el mientras tanto, las sociedades opulentas se muestran como ejemplo y traccionan al resto, con sus cuentitas de colores y espejitos. Toda una farsa.

Nuestros países pueden buscar, sí, como las tradiciones del vivir bien y buen convivir, cierto equilibrio, con extremo cuidado de la naturaleza, y extrema austeridad en el uso de los bienes del pueblo y en el consumo de las energías.

Definamos pobreza

Podríamos coincidir en una definición de pobreza: carencia de lo necesario para vivir. ¿Y qué es lo necesario? Depende de muchos factores, pero el que manda baja la pauta. Por ejemplo: una comunidad puede pensar, según sus tradiciones y modos de vida, que lo necesario para vivir es un territorio. Un lugar donde interactuar con el resto de la naturaleza, donde extraer alimentos o cultivarlos. El que manda, que se apropia de la tierra o es socio del que se la apropia, dirá en cambio que esa comunidad lo que necesita es “educación” (en el mejor de los casos). Entonces patentará la tierra y la semilla y mandará a los niños de esa comunidad a una escuela en donde le enseñen a respetar las leyes del que manda, es decir, del banquero, el terrateniente, el gran capital. De hecho, hay banqueros que (con la venia de la burocracia sindical), toman el papel de filántropos para ingresar en la educación obligatoria, exactamente el lugar que debiera emanciparnos precisamente de los banqueros.

Si la comunidad se queja, o protesta, el que manda tendrá su policía, su gendarmería; o su ministerio de “desarrollo” para sobornar lo suficiente, de modo que la protesta no se propague y, al contrario, se propague el agradecimiento de los “favorecidos” por el que manda.

Un trabajo decente, y mejor aún, un trabajo colectivo y festivo, aleja a las personas de la indigencia. Pero a los que mandan no les viene mal una dependencia crónica de sus subordinados, entonces sostienen una cierta dádiva que dificulta en las comunidades sus lazos comunitarios, su organización con fines de emancipación, y al mismo tiempo las mantiene en cierto estado vegetativo.

Los que inventan un sistema que no genera puestos de trabajo y no facilita el acceso a las riquezas, inventarán llegado el caso el modo de dar un plato de comida a sus víctimas, primero para que no se quejen mucho, luego para continuar con el sistema que ellos sostienen en el poder y hacerlas dependientes de modo crónico; y además para realizar licitaciones amañadas, que favorezcan a los amigos, con las cláusulas apropiadas, para recibir a cambio los dineros necesarios a la siguiente campaña electoral.

Los que garantizan la propiedad privada absoluta y a la vez dificultan el acceso a un terreno a una pareja de jóvenes, facilitarán al mismo tiempo que los amigos compren barato ese terreno para que luego lo vendan caro al Estado, en función de las viviendas oficiales, de modo que las víctimas estarán contentas del trato que les dan sus victimarios.

En el cancionero

“Dicen que el tiempo de la justicia/ se está perdiendo por la avaricia./ Dicen que el tiempo de andar cantando/ a fuerza de hambre lo están matando./ Milonga dura porque estoy harto de mishiadura,/ que no le encuentren la punta al hilo;/ de que haya pocos que tienen mucho y muchos poco,/ que va reñido con la moral”. El gualeyo Omar Morel no se anda con vueltas para decir las cosas. Su milonga va al hueso. Y no la compuso ayer. Lo mismo que aquellos versos de Velázquez, que decíamos.

Mucho antes de la moda de las estadísticas hubo artistas que recuperaron otros modos de entender los problemas, modos no capitalistas, no individualistas, no antropocentristas. Las pobrezas allí tienen poco que ver con negocios.

Osiris Rodríguez Castillo comprendió como pocos los lazos de la mujer y el hombre con el paisaje, esas riquezas a veces intangibles. “No venga a tasarme el campo con ojos de forastero/ porque no es como aparenta sino como yo lo siento./ Yo soy cardo de estos llanos, totoral de estos esteros,/ ñapindá de aquellos montes, piedra mora de mis cerros/ y no va a creer si le digo que hace poco lo comprendo…/ Debajo de este arbolito suelo amarguear en silencio/ si habré lavao cebadura pa´intimar y conocernos./ No da leña ni pa´un frío, no da flor ni pa´remedio/ y es un pañuelo de luto la sombra en que me guaresco,/ no tiene un pájaro amigo, pero pa´mí es compañero”.

Ahí un paisano, entonces, que podía salir de aprietos enajenando un potrero pero carecía de ojos capitalistas como para atisbar ese beneficio (ilusorio, claro), cuando sí podía ver el corazón de un arbolito amigo por esmirriado que estuviera, a cuya sombrita hallaba las honduras con unos mates.

Más recientes, la militancia de los obreros de Gualeguaychú o de Diamante, las letras de Ángel Borda que dan cuenta de un mundo de pobrezas y luchas… Por décadas vemos vecinos “alvertidos”, como decía Yupanqui, y cómo las clases dirigenciales prometen soluciones por las mismas vías que muestran fracasos a repetición.

Abundan los ejemplos, pero volvamos a la inquietud inicial: ¿seguiremos guiándonos por ese espejismo de salir de pobres con una economía que saquea el futuro? ¿Seguiremos cabalgando en ese engaño?

Así como no se escucharon por décadas las denuncias de pobreza y destierro de los entrerrianos, y cuando la miseria tocó las puertas del centro pidieron la escupidera, es decir: reparación histórica; ¿qué deberá ocurrir para que se escuche el grito de la tierra?

¿No tiene estatus, la Pachamama, no viene este clamor de un estrato que valga la pena?

Y más preguntas: ¿Seremos capaces de vivir con austeridad, conscientes de los males del extractivismo, de la concentración económica y de los privilegios de un sistema para pocos, y nos dispondremos a enfrentar la inercia reaccionaria?

Nuestros pueblos tradicionales, antiguos y vigentes, hace rato le encontraron “la punta al hilo”, pero el mundo colonial moderno, en el mejor de los casos, los escuchará, les palmeará la espalda y les dirá con aire superior: muy bueno lo suyo. ¿Querrán, los que tienen poder, los socios del poder o los que lo disputan y se sienten cerquita, salir de su estado de confort? (unoentrerios)