Los dueños de Cambacuá dispuestos a vender la isla

Julio Silva, de la familia propietaria de la isla, asegura que -tras 75 años de poseerla- están todos de acuerdo en venderla. También especula: “No descarto que el día de mañana la expropien”. Además, contó cómo han perjudicado su explotación las constantes inundaciones tras la construcción de Salto Grande.

Por MATÍAS DÍAZ, de EL MIÉRCOLES DIGITAL

Fotos: Gentileza de V.S.

La isla de cuatro mil hectáreas es una de las bellezas naturales de esta región que es visitada constantemente por turistas y uruguayenses. Sus inmensos y limpios arenales emergen frente a la Isla del Puerto, a pocos minutos de la ciudad, extendiéndose a lo largo de unos 25 kilómetros. Tuvo su origen en un solitario banco de arena que el tiempo convirtió en un impensable reservorio ecológico. El balneario, concesionado, despliega sus cinco kilómetros despejados de vegetación en la costa norte de la isla.

Julio Luciano es uno de los propietarios de Cambacuá, hermano del fallecido artista Cuqui (Eduardo hijo) y de Graciela, los tres hijos de Eduardo Silva, quien compró la isla en 1945.

La escritura consigna que la operación la hizo con Rodolfo Courreges, representante de Adela Unzué de Leloir, es decir, la misma propietaria de Santa Cándida, lo que hace suponer que también la isla pertenecía previamente a la familia Urquiza.

Silva atendió en su domicilio a El Miércoles Digital con una gran predisposición, hablando de diferentes tópicos en relación con Cambacuá: desde los distintos usos que tuvo, sus orígenes, la posibilidad de alguna expropiación.

¿Qué usos se le han dado a la isla desde la compra hasta ahora?

Cuando mi padre la compró, en 1945, fue justo de la Segunda Guerra Mundial, cuando todo el combustible y el petróleo se iban para Europa. Ahí, en Cambacuá, se llegó a tener más de cien hacheros que hacían leña. Había gente que acarreaba, otra que la contabilizaba y se cargaban todos los días dos o tres barcos a Buenos Aires, porque al no haber combustibles se usaba toda la leña de Cambacuá. Llegó a ser una ciudad porque había almacén, bar, tienda… Vivía y se movía mucha gente ahí. En ese tiempo no había crecientes y había caminos por todos lados.

Anteriormente, a la señora Adela Unzué de Leloir le compró la isla.

Ellos eran herederos del General (Justo José) Urquiza.

¿A cuánto compró su padre la Isla Cambacuá?

El monto fue de 50 mil pesos, en 1945.

¿La isla ha sido utilizada para ganadería?

Sí, mucha ganadería. Incluso se tomaba hacienda de pastoreo. Había un pontón de madera (N de la R: embarcación chata para transportar mercancías y personas) en el Ministerio con un corral arriba en el que se echaba 80, cien animales y se los llevaba a la isla. Se llevaban y se traían permanentemente. El doctor (Lucilo) López Meyer y el ingeniero Moura llevaban en invierno 500, 600 cabezas de ganado a la isla. Había mucha gente que llevaba hacienda de pastoreo hasta que se construyó (la represa) Salto Grande y el río empezó a crecer tan rápido.

¿El hecho de que haya crecientes tan seguidas hace que no quieran arrendarle más?

No quieren arrendar más la isla para la ganadería. El problema de Cambacuá es que es fina y larga, son casi 25 kilómetros de largo. Cuando la hacienda se va lejos hay que traerla (arriándola) a caballo o nadando el animal y se hace muy difícil. Las crecientes ahora son muy rápidas. El río Uruguay pasó de correr de 12 kilómetros por hora a 20 o 22. Y hubo épocas, con la Corriente del Niño, que estuvo un año entero crecido. Se secó infinidad de árboles porque se pudrieron las raíces.

Hace poco hubo incendios en la isla, ¿sabe por qué se dieron?

Nosotros estuvimos atentos a todo eso, pero nadie se dio por aludido. Sé que los incendios eran por donde pasan las torres de alta tensión. De ese lugar venían para acá, de sur a norte. Hace muchos años que no se quemaba la isla.

Una de las hipótesis era que se prendía fuego para darle otra utilidad a ese sector.

Sí, yo escuché esa versión. Todos decían que se prendía fuego para ganadería, pero en este momento no hay gente que arriende la isla.

¿Ahora se está usando únicamente para uso recreativo?

Sí, la playa de la punta, digamos.

¿El precio del catamarán lo pone el concesionario (Gustavo Taverna)?

Lo maneja todo él. Incluso el personal es gente de él. Nosotros le alquilamos por los tres meses de temporada (enero, febrero y marzo) y después queda libre.

¿Qué impuestos pagan?

Nosotros pagamos a la ATER (Administradora Tributaria de Entre Ríos) el Impuesto Inmobiliario Rural.

¿Sabe si lo han querido expropiar?

Se habla mucho de la expropiación, pero hasta ahora no. No descarto que el día de mañana lo hagan.

“Cuando le dije a papá que íbamos a seguir teniendo hacienda en la isla me dijo: ‘Vas a vivir toda la vida con el Jesús en la boca’. Me quería decir que iba a estar rezando toda la vida para que no crezca”.

¿Vive alguien en los ranchos que hay en Cambacuá?

Les damos un permiso provisorio, pero no vive nadie ahí. Es de uso recreativo nomás. Son gente amiga de la familia que están unos días ahí.

¿Se la han querido comprar?

Me he cansado de pasear gente en la lancha. Incluso, no sé si querían comprar la isla o pasear en lancha. Hoy en día les digo: “El que quiera verla, que vaya, que se alquile un avión, un helicóptero y la vea”. Mucha gente ha venido a comprarla y ha encontrado el río con cuatro metros y ya no encuentra la isla. La isla viene a ser como una palangana, se llena primero desde adentro para afuera. Vienen y ven que está todo inundado la isla desde adentro y ya el comprador se va.

¿Y su familia qué dice de la venta?

Estamos todos de acuerdo en venderla. Ya son 75 años que la tenemos ya.

¿La extensión de la isla de cuánto es?

Serían cuatro mil hectáreas.

Cuando crece el río ¿cuántas quedan bajo el agua?

Cuando hay seis metros en el Puerto de Concepción del Uruguay quedarían sólo 500 hectáreas sin agua. Cuando tenía animales iba todos los días y hay que andar. Son casi 25 kilómetros. Hay partes que son impenetrables. Dentro de la misma isla se ha hecho otra isla que tiene una sola entrada, le dicen “El salto mortal” porque es la única parte en la que se puede entrar. Es un camino por los pajonales y es como cien hectáreas ese pedazo.

¿Y cómo herederos quiénes quedarán?

Nosotros ya cedimos todo a los cinco nietos de mi papá. O sea, mis tres hijos y dos sobrinos.

¿Le ha quedado algún proyecto inconcluso sobre Cambacuá?

Proyectos muchos, pero ya le digo: con las crecientes se hace muy difícil. Le agarra la hacienda en el sur, para traerla al norte, donde están los corrales, se hace muy difícil. Es linda la isla cuando está el río bajo. Cuando le dije a papá que íbamos a seguir teniendo hacienda en la isla me dijo: “Vas a vivir toda la vida con el Jesús en la boca”. Me quería decir que iba a estar rezando toda la vida para que no crezca. (elmiercolesdigital.com.ar)