La ciudad de la costa del Río Uruguay donde la cepa brasileña hace estragos: “La situación es desastrosa”

El diario El País de Montevideo publicó este domingo una extensa y detallada crónica que describe de manera descarnada la situación extrema que vive una ciudad de la costa del río Uruguay, que apenas si tiene más de 50.000 habitantes, y donde los muertos por COVID son cada vez más:

El local de Agostini está vacío. Las calles de Fray Bentos, la ciudad uruguaya vecina a Gualeguaychú, están vacías. El parque, la rambla, Las Cañas y las plazas también. En un día donde el otoño se resiste a empezar —como siempre en el litoral— el sol quema el asfalto y la ciudad parece un pueblo fantasma.

Río Negro es hoy uno de los departamentos uruguayos más críticos. Con sus 54.765 habitantes llegó a encabezar el podio en el índice de Harvard a principios de la semana. El viernes en la noche tenía 648 casos activos y ocupaba el tercer peor lugar en la escala de Harvard con un índice de 91,08, solo superado por Tacuarembó y Soriano. En cuanto a la vacunación, el 37,49% de la población tiene la primera dosis y el 20,14% la segunda.

Pero más que cualquier dato frío, al departamento le pesan las muertes. No hay quien no cambie el tono de voz cuando se le pregunta por la tragedia del hogar de ancianos o por la explosión repentina de casos en marzo. Todos perdieron a un familiar, y si no era un familiar era un amigo, y si no era un amigo era un vecino.

Agostini cuenta que ninguno de sus seis hijos sale de la casa. Que su hija mayor tiene un bebé “que no lo saca ni a la calle”. Él también está asustado, pero igual abre el local. Tiene cuentas que pagar y niños que alimentar. Con que uno o dos clientes compren un juego o un refresco, tiene “unos pesos asegurados”.

Federico, el único que abre su almacén en el balneario Las Cañas, confirma la “psicosis” que atraviesan algunos. En el grupo de vecinos de la zona suelen alertar cuando hay gente desconocida en el balneario: “Hay un auto y cinco personas en la playa. ¿Alguien los conoce?”. Así son los mensajes que llegan al grupo. Otros están más tranquilos, como el padre de Agostini (Guillermo), que disfruta del sol fuera del local de su hijo. Es de los pocos —si no el único— que está sin tapabocas en el centro. Tiene 74 años y no tiene miedo.

—Yo voy al cementerio, ando en la vuelta con los muchachos y hasta ahora no me pasó nada. Amigos míos murieron. Me dolió mucho, pero ya tengo mucha gente en el cementerio. ¿Y qué vamos a hacer? Somos mortales.

Los comercios del centro que siguen en pie abren para unos pocos. Algunos quebraron, otros cerraron sus puertas y dejaron escrito un número de celular en la vidriera por si alguien requiere sus servicios. El lugar que reúne más gente —cuatro personas en total, contando al dueño— es el tradicional boliche de la esquina. En la barra toma whisky un parroquiano mientras el dueño prepara un trago para la mesa de afuera.

Dice el cliente:

—Esto no es normal. Nunca hay una sola persona acá sentada. No es normal.

Estábamos tan contentos de que no pasaba nada hasta que explotó todo. Y en la explosión se tranquilizó el pueblo —agrega el propietario.

El diálogo sigue: que la gente no sale de su casa, que “el pueblo” está en shock, que algunos no respetan nada y que otros están muertos de miedo. El dueño se acomoda atrás de la barra y empieza a relatar la época de oro de Fray Bentos: la llegada de Botnia. Que con una propina de “los gringos” ganaba más que ahora en un mes entero. Mientras cuenta anécdotas y se ríe de aquellos gringos, en la radio se escucha: “Aviso necrológico. Falleció ayer con 88 años… Participan con profundo pesar… Aviso necrológico. Falleció ayer con 94 años… Participan con profundo dolor… Que en paz descanse”.

La explosión

¿Cómo se explica que un departamento que supo estar en amarillo casi todo 2020 y que en uno de los peores momentos tocó el verde, haya saltado al rojo de repente? Un rumor recorre la ciudad: la explosión de casos en marzo tuvo su origen “en una ceremonia religiosa” en la que “un pastor que vino desde la frontera con Brasil” contagió a los fieles. Así se iniciaron focos en una escuela y en varias familias, dicen vecinos y confirman algunas autoridades, desde el anonimato.

Consultado al respecto, el director departamental de Salud, Andrés Montaño, dice que investigaron que los casos en el último mes pertenecen a la cepa P1 y que “hubo una introducción” en la ciudad de Fray Bentos. No obstante, señala que como autoridad no identifica “casos positivos con nombre y apellido ni cultos, para que no se estigmatice”.

Por su parte, el intendente Omar Lafluf agrega que el 90% de los casos en Río Negro pertenecía a la cepa P1, “no ahora, hace bastante”. “Acá vino gente de la frontera o de Brasil y que estuvo en la ciudad, aunque eso no lo vinculo con un culto religioso”, aclara. “Pero evidentemente alguien lo transportó. No podemos haber explotado tanto como explotamos”.

Sin más herramientas

“Agobiante”, dice Lafluf. “Lo que estamos viviendo es agobiante. Estamos en una situación desastrosa”. La intendencia adoptó medidas de lo más restrictivas: cerraron el camping de Las Cañas desde el 1° de diciembre y limitaron el balneario a un aforo de 3.000 personas. Se intensificó el control en bares y restaurantes, dice Lafluf, que por ordenanza nacional tienen permitido trabajar con público hasta las 12 de la noche. Además, hace un mes tomó la decisión de prohibir los deliveries. “Porque el delivery termina siendo llevar la comida a la vereda de en frente”, justifica.

El intendente nacionalista siente impotencia. Dice que le hubiera gustado “contar con más vacunas” y lamenta que el Parlamento vaya en camino a enterrar el proyecto de ley que crea el delito de peligro, que establece que romper una cuarentena, aglomerarse o violar alguna otra disposición sanitaria dispuesta por las autoridades podría conllevar una pena de tres a 24 meses de prisión.

—En un pueblo chico como el nuestro yo recibo centenares de mensajes que dicen “fulano de tal es positivo y anda en la calle”. O “aquel de la frutería es positivo y está atendiendo” —comenta el intendente—. Aumentamos un 30% la cantidad de viandas en comedores en conjunto con el Instituto Nacional de Alimentación, repartimos más de 200 por día, y a veces vamos a llevarle la vianda a gente que está en cuarentena o enferma y no está en la casa. ¿Qué haces? ¿No le dejás la comida?

Lafluf conversó con senadores a quienes no les convencía el delito de peligro. Dice que les pidió que cambiaran lo que no les gustara del proyecto, pero que le dieran “una herramienta” para poder controlar a quienes violan las disposiciones sanitarias. Pese a los esfuerzos, todo indica que el proyecto no verá la luz: la semana pasada el presidente Luis Lacalle Pou expresó su negativa.

Una herida que sangra

En la vereda del hogar de ancianos donde murieron 28 de 62 residentes quedan globos desinflados y pasacalles que dicen “fuerza”. En el parque Roosevelt, al borde del río Uruguay, dos familiares de tres sobrevivientes cuentan el calvario que sufrieron cuando se desató el brote. Griselda Demassi tenía allí a su madre y la sacó cuando ya había 20 muertos. La hizo ver por un médico y se aisló con ella hasta que fue seguro salir.

Ese miércoles en el parque, el otro familiar que acompaña a Demassi todavía tiene en el hogar a su madre y a su hermana. Hoy, domingo, ya estarán en el otro residencial de la ciudad. “En el momento en que vas a poner a un familiar tuyo en un residencial jamás se te va a pasar por la cabeza que ante una enfermedad lo van a dejar ahí”, dice.

Para Demassi hubo un manejo “doméstico” de la situación. “Vos me podrás decir que tengo subjetividades porque saqué a mi madre. Pero 28 personas muertas no es subjetividad. Esto no pasó en ningún otro lado”, reclama. No entiende el “capricho” de la directora del hogar, Daura Garaza, de “inmolarse” en el lugar. “Tenemos un sistema integrado de salud. Cada uno de los ciudadanos de este país tiene acceso a una atención sanitaria; ¿por qué ella se empecinó en no llevarlos a un CTI?”, cuestiona la mujer.

En el hogar se está llevando a cabo una investigación de oficio por parte de Fiscalía. Pero Demassi y el familiar que la acompaña han hecho sus propias averiguaciones. Él, por ejemplo, llamó al hogar de ancianos de Durazno para saber cómo se manejaron allí durante el brote que tuvieron. Demassi agrega que lo que pasó en el hogar es “el fiel reflejo de lo que sucede a nivel de la sociedad”. “Vamos 89 muertes (al miércoles 28 de abril). En Rivera hay 113 y son 100.000 habitantes con una frontera abierta. Acá somos 50.000: la mitad. Hay un mal manejo a nivel sanitario y no pasa nada”.

Los familiares cuentan que en esos días de tensión se despertaban a las cuatro de la mañana. El parte médico lo daban a las seis. “Cuando te decían que alguien no saturaba… Ya está”. Cuando “aflojaron” durmieron un día de corrido. Sus familiares transitaron la enfermedad y sobrevivieron. Pero casi la mitad de sus compañeros no. “Esto reviste las características de una tragedia. Acá se murieron 28 personas, que eran ancianos, sí, pero nadie tenía derecho a cercenar la vida de ellos todavía”, dice Demassi. Para ambos, la negativa de trasladarlos a un centro de salud es imperdonable. La herida es profunda y el dolor no se va.

Montaño, el director de Salud, asegura que “hubo buena atención permanente y buena fe”. No hubo nada “que lamentablemente no pudiera ocurrir”, dice en respaldo de la doctora Garaza.

Lafluf también respalda el accionar de la doctora, pero le pesa “el sentimiento”. “Confío en la información científica, no tengo derecho a dudar. El ministro de Salud (Daniel Salinas) explicó que lo que se hizo fue la mejor solución. Pero los que andamos en la vuelta nos encontramos con hijos o nietos de los familiares que fallecieron, y sí, entendemos que se hizo lo mejor, pero el dolor queda”.

En unos días Lafluf va a mandar flores al hogar, “en recuerdo de los que no están”. En recuerdo de 28 ancianos que, para muchos, no debieron morir así.

Fuente: El País de Montevideo